viernes, 30 de enero de 2015

Meditar es bueno para el cerebro

A menudo no somos conscientes del placer de estar sentados sin hacer nada, dejando vagar la mente en el aquí y el ahora, sea en la playa, dejándonos llevar por el sonido de las olas; en el monte, al lado de un arroyo, o simplemente en casa. No sólo es una experiencia relajante, que nos ayuda a equilibrar nuestros pensamientos tras una jornada de trabajo y a reencontrarnos; si además prestamos atención a nuestros pensamientos, a algún objeto externo o a nuestra consciencia, estaremos meditando. Etimológicamente, meditación proviene del latín meditatio, que definía un tipo de ejercicio intelectual. La usamos para describir la práctica de un estado de atención concentrada, sea sobre un objeto externo, nuestro pensamiento, o simplemente sobre el propio estado de concentración.


Desde la década de 1960, y muy especialmente desde que en 1968 los Beatles fueron a India para asistir a un curso de meditación trascendental en el ashram del Maharishi Mahesh Yogi, el gurú fundador del movimiento Meditación Trascendental, muchas técnicas tradicionales orientales de concentración y relajación han ido ganado adeptos en Occidente, como el yoga, el tai-chi.... Se les atribuyen diversos beneficios, pero las evidencias científicas han sido siempre muy escasas, más allá del simple efecto de relajación que producen el silencio y la tranquilidad. Sin embargo, desde el 2009, un número creciente de trabajos experimentales han examinado los efectos de la meditación sobre la función, la conectividad e incluso la morfología en distintas zonas del cerebro.



Se ha visto, por ejemplo, que favorece el control emocional, tanto a nivel funcional como también estructural del cerebro. Con ello no queremos decir que todos los beneficios que en algún momento se hayan podido atribuir a estas técnicas de meditación sean científicamente ciertos (sobre todo aquellos con tintes a veces casi milagrosos o sobrenaturales), ni tampoco las explicaciones pseudocientíficas sobre el motivo de estos beneficios –como la existencia de energías místicas que solo pueden percibir unos pocos iniciados con algún tipo de don especial–. Sin embargo, actualmente hay pocas dudas sobre su influencia en ciertos aspectos de nuestro comportamiento, a través de funciones cerebrales. El concepto gira en torno a la idea de que meditar con el cerebro, es un beneficio para el cerebro mismo.



Taichi: plasticidad cerebral, atención sensorial y motora 
Este es uno de los trabajos más recientes. A principios del 2014, Xi-Nian Zuo, director del laboratorio de conectómica funcional de la Universidad de Pekín y miembro de la academia de Ciencia de China, y su equipo de colaboradores, se preguntaron hasta que punto la práctica del taichi modifica la organización funcional del cerebro. La conectómica, por cierto, es la disciplina científica que estudia cómo se establecen y se mantienen las conexiones neurales.



El taichi, más propiamente dicho taichichuan –una expresión que se puede traducir como “puño supremo último”–, es un arte marcial interno de origen chino para la lucha cuerpo a cuerpo, aunque actualmente se usa sobre todo como una técnica de meditación en movimiento. Se basa en la realización de una serie de movimientos lentos encadenados, durante los cuales la respiración pausada y el equilibrio en los movimientos se mantienen bajo control consciente, lo que permite favorecer la relajación y la autoconciencia. Los datos históricos sobre su origen son muy contradictorios, y a pesar de que los documentos más antiguos están fechados en el siglo XV, hay quien dice que podría ser anterior. Los primeros estudios científicos sobre los supuestos efectos beneficiosos de su práctica se iniciaron en los noventa, e indicaron que mejora la presión arterial en las personas con hipertensión, favorece la rehabilitación cardiaca en las que han sufrido un infarto y hace disminuir los síntomas de depresión. Unos efectos que, sin embargo y sin menoscabar su importancia, se pueden explicar por los simples beneficios psicológicos de la relajación. En este trabajo que comentamos más extensamente se hizo un seguimiento de la actividad neural de practicantes de taichi con un sistema de resonancia magnética funcional no invasiva, que permite examinar la arquitectura funcional del cerebro con una alta resolución espacial.



Se examinó un grupo de voluntarios de entre 50 y 55 años, que reunían unas mismas características culturales, educativas y de estado general de salud. La mitad eran practicantes de taichi, y el resto no lo habían practicado nunca ni tampoco hacían uso de ninguna otra técnica específica de relajación ni entrenamiento del equilibrio. Al comparar la actividad neural de ambos grupos, se observó que los practicantes del taichi presentaban más homogeneidad funcional en una región del cerebro denominada giro poscentral derecho, que se correlaciona con una integración superior de las áreas sensoriales y motoras, y contrariamente una homogeneidad funcional más baja en otra área denominada corteza cingulada anterior, que se correlaciona con la optimización funcional de las áreas de control de la atención.



Dicho de otro modo, y según concluyen los autores de este trabajo, la práctica regular del taichi parece actuar sobre la plasticidad del cerebro de forma que puede mejorar la capacidad de mantener la atención y favorece la integración sensorial y motora, optimizando el funcionamiento de ciertas áreas del cerebro. Sin embargo, los mismos investigadores no descartan que estas diferencias cerebrales puedan ser anteriores a la práctica del taichi, de manera que sean el motivo, o uno de los motivos, que lleven determinadas personas a querer practicar este arte marcial, y no una consecuencia de practicarlo. Para dilucidar este punto sería necesario repetir el estudio con nuevos voluntarios, para examinar su cerebro antes de que comenzaran a practicar taichi y comparar los resultados con nuevos escáneres realizados unos años más tarde. Una búsqueda en la literatura científica nos ofrece más de 200 experimentos clínicos –también llamados “ensayos clínicos”– sobre la utilidad del taichi en aspectos tan diversos como pérdida de equilibrio en la vejez, colesterol, artritis, síndrome de abstinencia, hipertensión, hiperglicemia, depresión, fibromialgia, osteopenia post-menopáusica, problemas cognitivos, patología respiratoria, dolor lumbar, traumatismo craneoencefálico, accidentes cerebrovasculares, enfermedad cardiovascular, insomnio, falta de respuesta inmunológica, o enfermedad de Parkinson. En la mayoría de los casos se trata de estudios no aleatorizados o sin un buen grupo de comparación, lo que hace que sus resultados no sean del todo generalizables.



Yoga y meditación trascendental 
También en el 2014, un grupo de científicos de la sección siberiana de la Academia de Ciencias Rusa analizaron si la práctica del yoga puede afectar de forma permanente la función emocional. El yoga es una disciplina física y mental que tradicionalmente se ha asociado con prácticas de meditación en diversas religiones orientales, como el hinduismo, el budismo y el jainismo. Etimológicamente, la palabra yoga proviene del sánscrito ioga, que a su vez procede del verbo iush, que significa “colocar el yugo (a dos bueyes, para unirlos), concentrar la mente, absorberse en meditación, recordar, unir, conectar y otorgar”. Es la misma raíz de los términos castellanos yugo y conyugal. Su origen histórico es incierto. Según la mitología hindú, es eterno y siempre existió. Históricamente hablando, en 1931 el arqueólogo británico sir John Marshall descubrió en las ruinas de Mohenjo-Daro (Pakistán) un sello con figuras del siglo XVII a.C. en el que se ve una supuesta criatura antropomorfa con cuernos en una posición sentada con las piernas cruzadas que recuerda una postura típica del yoga, lo que podría indicar que esta disciplina física y mental tiene más de 35 cinco siglos de antigüedad.



Sea como fuere, hace tiempo que se sabe que el yoga puede ser una buena terapia antiestrés y es útil como coadyuvante en determinadas enfermedades psicosomáticas, lo que significa que contribuye a superarlas sin ser la causa directa y única de su curación. En este trabajo se monitorizó la actividad cerebral de practicantes de yoga y se comparó con la de personas ajenas a esta técnica, lo que permitió observar si había cambios permanentes en la función emocional. Además, a largo plazo también parece incrementar el control consciente, a través de la actividad de las denominadas corteza frontal y prefrontal sobre las respuestas automáticas de la amígdala, que es la zona del cerebro encargada de las respuestas emocionales.



Estos son sólo dos trabajos científicos, pero hay más. Algunos han sugerido que la meditación también incrementa la capacidad atencional y la flexibilidad cognitiva, es decir la capacidad para cambiar de pensamiento sobre dos conceptos distintos y de pensar en múltiples conceptos a la vez. Así, los meditadores expertos se ven menos afectados por los estímulos que tienen cargas emocionales negativas que quienes no practican ningún tipo de meditación.



También se han encontrado diferencias en los mecanismos de control emocional entre los meditadores expertos y los principiantes. Mientras que en los primeros la meditación actúa sobre la denominada corteza cingulada media y posterior, en los principiantes lo hace sobre la amígdala. La diferencia puede ser importante, puesto que la corteza cingulada está implicada en la anticipación de recompensas, la toma de decisiones, la empatía y el control emocional, mientras que la amígdala es la zona del cerebro donde se gestan las emociones de forma preconsciente. Según los autores de este trabajo, esta diferencia implica que los expertos alcanzan la estabilidad emocional a través de la aceptación de su estado emocional, mientras que los principiantes reprimen directamente los estados emocionales negativos. La psicología clínica moderna incorpora algunos aspectos de la meditación y el yoga en sus llamadas “terapias de tercera generación”, más en concreto en la terapia conocida como mindfulness. De nuevo, aunque hay un cierto acuerdo entre expertos sobre la utilidad de esta técnica en el control de la ansiedad y en la depresión leve-moderada, faltan estudios bien diseñados para llegar a conclusiones sobre su utilidad en la mayoría de trastornos mentales.



En un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Harvard en el que se examinó el cerebro de 20 personas que practicaban la meditación budista y se comparó con otros individuos, se vio que los que la hacían regularmente tenían un mayor volumen de tejido cerebral en determinadas zonas de la ya mencionada corteza prefrontal y en la ínsula, una estructura relacionada con la empatía. En esa línea, la meditación no sólo parece actuar a nivel del control emocional, es decir, sobre aspectos funcionales del cerebro, sino también anatómicos, como en la ínsula recién citada. Así, por ejemplo, se ha demostrado que la meditación también incrementa la cantidad de materia blanca del cerebro en algunas de las principales rutas neurales que conectan las áreas asociativas y receptivas con las motoras y premotoras, y las que conectan el hipocampo y la amígdala.



En la misma dirección, hace pocos meses un trabajo realizado por científicos de las universidades de Oregón, Texas y California permitió descubrir un mecanismo molecular que explicaría este aumento de sustancia blanca en los meditadores expertos. La meditación incrementaría el ritmo de las denominadas ondas zeta del cerebro, que normalmente están asociadas con las primeras etapas del sueño y reflejan estados emocionales positivos y de atención hacia los propios pensamientos y el propio cuerpo, lo que activaría la función de una enzima cerebral denominada calpaina implicada en la memoria y el aprendizaje. Esta enzima también actúa sobre la plasticidad neural –a su vez ligada a la memoria y el aprendizaje–, y además activa las denominadas células de la glía, que desempeñan una función de soporte de las neuronas. En conjunto, todo esto favorecería un incremento de la conectividad neuronal.



Los efectos de la meditación 
Según investigadores de la Universidad de California, los meditadores expertos muestran una mayor actividad de la enzima telomerasa, encargada del mantenimiento de los extremos de los cromosomas –los denominados telómeros–, lo que redunda en un retraso del envejecimiento celular. De forma contraria, se ha visto que el estrés crónico reduce la actividad de esta enzima.



Meditación y estrés 
Hoy sabemos que el cerebro resulta crítico para la regulación del estrés, y que éste puede modificar el funcionamiento y la estructura del mismo. En tanto que el cerebro es capaz de determinar qué tipo de estímulos han de producir una respuesta de estrés en el organismo, se convierte en el órgano clave para que una respuesta de estrés sea adaptativa o desadaptativa para la persona. ¿Cómo responde el cerebro ante el estrés? Hoy sabemos que delante de una situación de estrés crónica experimenta cambios funcionales y estructurales en diferentes regiones que pueden ser reversibles con el tiempo. Dos de estas regiones son la corteza prefrontal y el hipocampo. Dado que se trata de regiones que son claves para diferentes procesos cognitivos (toma de decisiones, atención, aprendizaje y memoria, regulación de la emoción), no es de extrañar los efectos del estrés sobre la cognición y la emoción.



¿Podría ayudarnos la meditación a minimizar los efectos que tiene el estrés sobre la función cerebral? Diversos estudios publicados en el 2010 y el 2011 por distintos equipos de trabajo han encontrado, por ejemplo, que la meditación altera el flujo sanguíneo en algunas zonas del cerebro relacionadas con la respuesta al estrés, y que la corteza prefrontal se muestra mucho más activa durante la práctica de meditación que durante la ejecución de tareas cognitivas que inducen un estado elevado de concentración. También se ha detectado un aumento del flujo sanguíneo en regiones pertenecientes a redes neurales atencionales y de regulación de la emoción, aunque todavía queda por desvelar si eso va ligado a una mejora del aprendizaje y la memoria.



Y no sólo se han detectado cambios funcionales sino también estructurales relacionados con la meditación y su influjo positivo sobre el estrés. Por ejemplo, se ha visto que en las personas que han estado meditando durante años el espesor de la corteza prefrontal de su cerebro es mayor; que tras un curso intensivo de meditación de 11 horas aumenta el grosor de la sustancia blanca en las cortezas frontal y cingulada anterior, y que en personas que han participado durante ocho semanas en un programa de meditación también incrementa la sustancia gris del hipocampo izquierdo y de otras regiones cerebrales.



¿Qué queremos decir con todo ello? Teniendo presente cuáles son las estructuras cerebrales diana de los efectos del estrés (precisamente la corteza prefrontal e hipocampo), y teniendo en cuenta que estas regiones son de cardinal importancia para diferentes procesos cognitivos y para la regulación de la emoción, podríamos pensar que los cambios funcionales y estructurales encontrados después de la meditación en dichas regiones podrían ayudar a minimizar los efectos que el estrés pueda ejercer sobre el sistema nervioso y, por ende, sobre nuestras capacidades cognitivas y emocionales.



Los genes y la meditación 
Finalmente, también se ha visto que la meditación no sólo afecta al funcionamiento del cerebro y algunos aspectos de su anatomía, sino también al funcionamiento de algunos genes. El año pasado, por ejemplo, se demostró que la práctica regular de meditación favorece la expresión de determinados genes relacionados con actividades antiinflamatorias y con la recuperación física y emocional ante situaciones de estrés, es decir, con la capacidad de resiliencia, unos genes denominados RIPK2 y COX2. Concretamente, parece ser que la meditación altera la función de una enzima implicada en las modificaciones epigenéticas, que contribuyen a regular la función de determinados genes sin alterar el mensaje que contienen, y en este caso afectaría a la funcionalidad de los dos genes mencionados. En definitiva, tomados en su conjunto todos estos resultados también contribuyen a explicar algunos de los efectos beneficiosos de estas prácticas sobre la salud humana.



Corolario: la relativa facilidad de meditar sin supersticiones 
A pesar de que el número de trabajos científicos sobre las diversas formas de meditación no es todavía muy extenso, lo cierto es que todos ellos parecen confirmar la utilidad de estas prácticas para potenciar determinados aspectos funcionales del cerebro, como el control emocional, la capacidad atencional, la flexibilidad cognitiva, el aprendizaje y la memoria. Para algunas personas, meditar puede parecer algo difícil de realizar, lo que explica que a menudo estas prácticas se hayan asociado a religiones y pseudoreligiones, con explicaciones místicas acientíficas que, generalmente, lo único que hacen es ensalzar el papel del gurú/entrenador.



Quizás usted medite habitualmente sin ser plenamente consciente de ello (bella paradoja, por cierto). Meditar es algo tan sencillo como tomarse un tiempo para no pensar en nada de forma consciente o centrar la conciencia en los propios pensamientos, en el mismo hecho de la meditación, en algún objeto externo o en el ritmo de la respiración, siempre en el aquí y el ahora, respirando pausadamente, en un ambiente de relajación alejado de estrés. Sin ánimo de desmerecer las técnicas milenarias de meditación y sus correspondientes expertos, no es descartable que su vecina que se sienta en el portal a ver sin mirar el pasar de gentes y coches, esté meditando sin saberlo. No se lo diga: rompería el encanto. 

Cervell de Sis: David Bueno, doctor en Biología; Enric Bufill, neurólogo; Francesc Colom, doctor en Psicología; Diego Redolar, doctor en Neurociencias; Xaro Sánchez, doctora en Psiquiatría, y Eduard Vieta, doctor en psiquiatría.


La Vanguardia.es - Lunes, 26 de enero de 2015

jueves, 29 de enero de 2015

Cuentos budistas para niños (VI) - Las Princesas y el Árbol Kingshuk

Las Princesas y el Árbol Kingshuk

Relájate, quédate quietecito y escucha. Escucha con gran atención este cuento sobre cuatro princesas que vivían en un gran palacio de una tierra lejana. Como eran unas jóvenes muy curiosas, al oír hablar de un árbol tan bello e impresionante, les entraron muchas ganas de ir a verlo. Pero no se trata de un árbol cualquiera, ya que era mágico. ¿Quieres saber qué fue lo que pasó? ¡Vamos a ver si lo descubrimos!


Pues....las jóvenes princesas, al haber recibido una educación excelente, conocían al dedillo todo cuanto había en su tierra, sobre todo en cuanto a los animales, las flores y los árboles de su país se refería. Incluso tenían un zoo en el palacio con aves exóticas y animales procedentes de todas partes del mundo. Y se decía que la colección de árboles y flores de los jardines del palacio era incomparable. Por eso las princesas se sorprendieron tanto al oír que el jardinero mencionaba que había un árbol muy especial en los alrededores del palacio, conocido como Kingshuk, con el que ninguna persona se había cruzado nunca. Las princesas se quedaron tan intrigadas por lo que habían oído decir del árbol que decidieron ir a verlo. Aquel mismo día, después de recibir sus lecciones, las princesas fueron a buscar al jardinero y le pidieron si podía llevarlas a ver aquel maravilloso árbol.

-¡Será todo un placer, altezas!- exclamó el jardinero-, pero el Kingshuk es un árbol mágico, sólo puedo llevaros a verlo el día de vuestro cumpleaños. El resto del tiempo es invisible. Tendréis que ir cada una por separado y visitarlo el día en que cumpláis los años.

Las princesas estuvieron de acuerdo y decidieron que lo más correcto esa que la mayor fuera la primera en ir.

Y así lo hicieron. El día de su cumpleaños, una clara mañana de primavera el jardinero y la princesa fueron a ver al árbol Kingshuk. Después de caminar durante un rato llegaron al final del bosque real, donde el jardinero había dicho que aquél árbol mágico crecía. La princesa vio un sauce muy alto apartado de los otros árboles, y como el jardinero no podía verlo, comprendió enseguida que se trataba del árbol mágico Kingshuk. Se quedó plantada en aquel lugar, maravillada por la belleza del árbol. Sus hojitas verdes se desplegaban como relucientes esmeraldas y la princesa se sintió llena de la gozosa energía que despedía. Al marcharse el jardinero le dijo que no hablara del árbol al volver porque si no estropearía aquella imagen a sus hermanas.

Cuando la primavera daba paso al verano, el día del cumpleaños de la princesa que seguía en edad a la mayor, el jardinero la llevó a ver el árbol Kingshuk. Al contemplarlo la princesa dio un grito ahogado, porque estaba cubierto de unas flores preciosas de color rojo vivo que brillaban como rubíes. Al aspirar el celestial perfume de las flores mágicas, la princesa se sintió embriagada por él y experimentó una gran felicidad. El jardinero también le pidió que no hablara a sus hermanas del árbol hasta que lo hubieran visto.

Cuando los calurosos días de verano se transformaron en otoño, el jardinero llevó a la tercera princesa a ver el árbol Kingshuk el día de su cumpleaños. Ella abrió maravillada los ojos de par en par al ver sus ramas repletas de unos deliciosos frutos de color violeta que colgaban del árbol como amatistas gigantes. El árbol mágico era tan precioso que sintió como si la estuviera alimentando con su bondad y generosidad. El jardinero le pidió, como había hecho con las otras princesas, que no le hablara del árbol a sus hermanas hasta que las cuatro lo hubieran visto.

Cuando el invierno hacía caer las últimas hojas otoñales de los árboles, al llegar el cumpleaños de la pequeña, el jardinero la llevó también a visitar el árbol Kingshuk. La princesa le pidió que la llevara por la noche, porque quería verlo a la luz de la luna. Y como era de esperar, las plateadas ramas del árbol, cubiertas de rocío, eran espectaculares y relucían como si estuvieran adornadas con hilos de plata de los que colgaban diminutos diamantes. La princesa sintió como si el árbol mágico la envolviera con su calidez y magia.

Aquel día, después de que la princesa más pequeña hubiera visto el árbol, las cuatro hermanas fueron a dar las gracias al jardinero por haberlas llevado al árbol mágico Kingshuk. Aliviadas ahora por poder hablar de él, al menos entre ellas, la mayor dijo:

-Nunca olvidaré este maravilloso árbol con sus hojitas reluciendo como esmeraldas bajo la luz del sol de la tarde.

-¡Pero hermana, debes de haberte equivocado!- exclamó la princesa que le seguía en edad-. El árbol Kingshuk estaba cubierto de unas enormes flores de color rojo rubí y su embriagador perfume me llenó de una maravillosa sensación de felicidad.

-¡Oh, no, hermanas, las dos estáis muy equivocadas!- insistió la tercera princesa-. El árbol Kingshuk estaba repleto de unos deliciosos frutos de color violeta que relucían como amatistas gigantes.

-¡Yo creo, hermanas, que debemos de haber visto unos árboles distintos! - gritó la pequeña- porque las ramas del Kingshuk estaban cubiertas de hilos de brillante rocío que me cautivaron con su magia.

Si las hermanas no hubieran estado tan bien educadas quizás se habrían peleado. Pero en lugar de hacerlo simplemente se preguntaron si habían visto cuatro árboles distintos.

El jardinero se echó a reír.

-Altezas, en realidad todas habéis visto el mismo árbol Kingshuk y experimentado su magia -dijo con calma-. Lo que pasa es que cambiaba según la estación del año en que cada una de vosotras fuisteis a verlo. Para apreciar de veras el árbol tenéis que ir a visitarlo en todas las estaciones, ¡algo que es imposible!

Las princesas se echaron a reír. Habían olvidado que los cumpleaños de cada una de ellas caían en distintas épocas del año y que el árbol cambiaba según las estaciones. ¡Por eso lo habían visto con un aspecto distinto cada vez que lo habían visto!

Las jóvenes también comprendieron que la única forma de descubrir más cosas sobre el árbol Kingshuk era escucharse las unas a las otras y aprender cada una de las demás, y hacer lo mismo con cualquier otra persona que hubiera tenido la suerte de verlo.

La primera vez que vemos algo no podemos hacernos siempre una idea completa de ello. Una persona sabia sabe que para descubrir la verdad sobre cualquier cosa, debe aprender tanto de la visión que ella tiene como de la de los demás.

jueves, 22 de enero de 2015

Cuentos budistas para niños (V) - El elefante y el perro.

El Elefante y el Perro


Relájate, quédate quietecito y escucha. Escucha con gran atención este cuento sobre un elefante –nada menos que un elefante real- que pertenecía al rey  y que tenía el privilegio de encabezar los desfiles reales. Se llamaba Rajah y vivía rodeado de gran lujo. Pero como era el único elefante real, a veces se sentía muy solo, es decir, hasta que hizo un amigo de lo más inusual. ¿Quieres saber quién fue? ¡Vamos a ver si lo descubrimos!

Pues…..de vez en cuando Rajah se daba un largo y refrescante baño antes de que su cuidador le sirviera la cena. Y cuando se terminaba su cena, el elefante daba un paseo por las amplias estancias que le habían destinado y contemplaba la puesta de sol. Esperaba hasta que las titilantes estrellas aparecían en el aterciopelado cielo nocturno y entonces se iba a acostar.

Sin embargo, una noche, cuando acababa de cenar, advirtió que un perrito le estaba mirando a través de la puerta de sus estancias. El perrito era piel y huesos y parecía estar muerto de hambre.

-Señor elefante, perdona que te moleste, pero ¿podría comerme la comida que te has dejado? Tengo mucha hambre- le pidió el perrito en voz baja.

-¡Claro que si puedes comértela! –respondió el elefante amablemente.

Así que el perrito se deslizó por debajo de los barrotes de la puerta y fue corriendo al cuenco para comerse las sobras. Se las comió en un abrir y cerrar de ojos, y después de darle las gracias al elefante, desapareció en medio de la noche.

La noche siguiente hizo lo mismo, y la otra también, hasta que una noche cuando el perrito llegó, Rajah le dijo: -Amigo mío, ¿te gustaría quedarte a cenar conmigo cada noche? Vivo solo y disfrutaría mucho con tu compañía.

El perrito se quedo encantado al oírlo y aceptó el amable ofrecimiento. ¿Qué escena tan graciosa ver a un enorme elefante cenando dentado con un perrito blanco!

Pero como el cuidador no creía que aquel perrito fuera el compañero adecuado para el elefante real, cada noche hacía todo lo posible por ahuyentarlo. Aunque, con gran regocijo del elefante, el perrito siempre volvía. Y como el cuidador era muy perezoso, pronto se rindió y dejó que el can se quedara. Al cabo de poco Rajah y Copito de Nieve (el elefante lo llamaba así) se convirtieron en inseparables amigos. Cuando el elefante iba a darse un baño, el perrito le acompañaba y jugaban en  el agua. Por la noche cenaban juntos y charlaban y charlaban, como hacen los amigos. Y, por supuesto, también se reían un montón. Y luego se iban a la cama. Copito de Nieve se acurrucaba hecho un ovillo junto a Rajah. Era la suya una gran amistad. Pero un día un granjero, cuando volvía a casa después de haber estado trabajando en el campo, vio por casualidad a los dos animales juntos.

-Parece un perrito inteligente. Me encantaría comprarlo. ¿Cuánto quieres por él?- le preguntó al cuidador.

El cuidador, viendo que era la oportunidad ideal para desprenderse por fin del perrito y ganarse un dinerito extra, le pidió una cantidad por él y el granjero, tras pagársela, se llevó a Copito de Nieve.

Al irse su querido amigo. Rajah se sintió muy solo y triste. Poco a poco fue perdiendo el apetito, no le apetecía comer solo. En realidad ni siquiera tenía ganas de hacer nada. Se quedaba plantado contemplando por encima de la valla la dirección en la que el granjero se había llevado al perrito. Cuando llegaba la hora de darse el baño, se negaba a entrar en el agua. Y por las noches, ni siquiera se fijaba en la puesta de sol ni en las estrellas titilando en el claro nocturno.

Al cabo de una semana el cuidador, que empezaba a estar muy preocupado por la extraña conducta del elefante, se lo contó al rey. Y el rey le pidió al médico que fuera a echar un vistazo a Rajah. Pero al examinar a fondo al elefante, el médico no vio que estuviera enfermo.

-El elefante no parece estar enfermo, sólo está muy triste.
-Si, es así- respondió el cuidador.
-Ummm…pues las personas y los animales sólo se entristecen por una buena razón- respondió el médico sabiamente-, ¿Le ha ocurrido recientemente algo a Rajah? ¿Ha habido algún cambio en su vida?
-Pues creo que no…aunque solía jugar cada noche con un perro flacucho que hace poco vendí a un granjero de la zona.
-¿Cuándo fue?-Preguntó al médico.
-¿Oh, bueno!, pues ahora debe hacer una semana- repuso el cuidador tímidamente.
-¿Y cuando dejó de comer y de querer tomar el baño? –preguntó el médico.
-Ummm…pues supongo que hace una semana- dijo avergonzado el cuidador al darse cuenta de la conexión.
-Pues ahora ya sabes la razón, debe de estar triste porque echa de menos a su amigo.
-¡Oh, no! Ojalá me lo hubiera pensado dos veces antes de vender al perrito. ¡Creí que hacían una pareja de lo más rara! Intentaré encontrarlo pero para ser sincero no tengo idea de dónde vive el granjero- dijo el cuidador abatido aal no creer poder recuperarlo.

Cuando el médico lo contó en el palacio, el rey envió a sus emisarios por todo el reino para que anunciaran que aquel que devolviera al perrito para que anunciaran que aquel que devolviera al perrito recibiría una gran recompensa, Al oírlo, el granjero fue enseguida a la corte a reclamar la recompensa. En cuanto cruzaron la puerta del jardín del palacio y Copito de Nieve vio a su amigo Rajah, se puso a ladrar de alegría y fue corriendo hacia él lo más deprisa que sus cortas patitas se lo permitían.

El elefante al verlo se puso loco de alegría. Cogiendo a su amiguito con su larga trompa, se lo puso sobre la cabeza y se fue con él a darse el baño. Aquella noche los dos amigos cenaron juntos de nuevo y Rajah volvió a estar feliz. Al día siguiente el cuidador del elefante también preparo un cuenco especial para Copito de Nieve para que supiera que era bienvenido y que podía quedarse con el elefante para siempre. Y a la siguiente celebración de la corte, la gente se quedó maravillada al ver a un perrito blanco sentado sobre la cabeza del elefante real que encabezaba el cortejo real.

Todos necesitamos tener amigos con los que compartir los recuerdos y los momentos maravillosos y para que nos ayuden en los tiempos difíciles. Una persona sabe que puede encontrar un amigo incluso entre quienes menos se los esperaba.

viernes, 16 de enero de 2015

Cuentos Budistas para Niños (IV) - El buey agradecido.

El Buey Agradecido



Relájate, quédate quietecito y escucha. Escucha con gran atención este cuento sobre un gran buey negro llamado Precioso, que vivía en la granja del granjero Bruni. Precioso estaba muy agradecido con su propietario, un granjero que aunque no fuera rico, cuidaba muy bien de él y de los otros animales y los trataba con amor y bondad. El buey agradecido decidió que quería hacer algo para darle las gracias a Bruni, el granjero. ¿Te gustaría saber que hizo? ¡Vamos a ver si lo descubrimos! Pues…..una noche cuando Precioso estaba zampándose un poco de heno fresco después de haber estado trabajando todo el día en el campo, se puso a pensar cómo podía corresponder a la bondad del granjero. Mientras se comía su ración de heno, se puso a darle vueltas al asunto.
<<Como soy el buey más fuerte de la granja, quizá podría usar mi fuerza para ayudar a Bruni el granjero. ¿Tal vez podríamos organizar una competición con Amos, el buey del granjero Chang?>>, pensó.
Así que a la mañana siguiente, mientras Precioso estaba trotando hacia los campos para trabajar, le dijo al granjero: -Como siempre eres tan bueno conmigo, he estado pensando una forma de agradecértelo. Me gustaría desafiar al buey más fuerte del vecino a una lucha de tira y afloja. Y el ganador podría llevarse un premio. Estoy seguro de que yo ganaría el concurso para ti.
A Bruni, el granjero, le pareció una magnífica idea, sobre todo porque le permitiría ganar algún dinero procedente de su rico vecino. De modo que aquella tarde fue a visitar a Chang, el granjero, que vivía en la granja vecina.
-Buenos días, Chang-dijo-. Como estos días no hay demasiado trabajo que hacer en los campos, he tenido una idea para entretenernos un poco- y entonces le sugirió lo de la competición.
-¡Qué estupenda idea!-exclamó el vecino entusiasmado-. ¡Una competición de tira y afloja con los bueyes más fuertes sería muy divertida! Pero para que valga la pena el ganador debe llevarse un buen premio- sugirió el codicioso Chang, convencido de que Amos iba a ganar a Precioso-. Ya sé. El que pierda dará cien monedas de oro al ganador.
Y aunque cien monedas de oro era mucho dinero para Bruni, el granjero estaba seguro de que Precioso ganaría y aceptó el premio acordado.
Las noticias de la competición corrieron rápidamente por la región y muchos granjeros se reunieron para ir a verla. Precioso y Amos, dos bueyes imponentes, estaban en medio del campo preparados para la competición con una cuerda tendida entre ellos sujeta al arnés que llevaban para trabajar. Bruni levantó el brazo y dijo a los bueyes: -Cuando baje el brazo después de contar hasta tres, quiero que tiréis de la cuerda con todas vuestras fuerzas.-¡Uno, dos y tres, adelante! –gritó, y los bueyes empezaron a tirar a tirar de la cuerda. Tiraron y tiraron de ella con todas sus fuerzas, pero ninguno de ellos parecía ser capaz de mover al otro más de varios palmos.
Al cabo de un par de minutos Bruni pensó: <<A estas alturas Precioso tendría que estar ya ganando>> y empezó a preocuparse por si su buey perdía la competición. Dejándose llevar por el pánico, cogió una rama del suelo y se puso a pegarle al buey en el lomo.
-¡Tira con más fuerza, buey perezoso! –gritó-. ¡Tira con más energía o perderás!
A Precioso le dolieron profundamente las palabras y las acciones del granjero, le sentaron tan mal que dejó de tirar de la cuerda y ni siquiera intentó ganar.
<<Fui yo el que tuvo la idea de la competición para ayudarte>>, pensó. ¿Por qué ahora me pega y me insulta si yo nunca le he hecho nada malo? Aprovechándose de la ocasión, el otro buey tiró y tiró de la cuerda arrastrando a Precioso, hasta que al final Amos ganó.
Chang felicitó y acarició entusiasmado a su buey, mientras Bruni, desilusionado, abría la bolsita del dinero y le entregaba las cien monedas de oro del premio al granjero.
-¡Te has rendido! ¡Ni siquiera has intentado ganar y ahora he perdido cien monedas de oro- le gritó enojado a Precioso- ¿Pretendes arruinarme?
Precioso sacudió la cabeza.
-Lo he hecho porque me has llamado perezoso y me has pegado con un palo –Le respondió el buey con tristeza-. ¿Qué te he hecho yo para que me trates así?
Bruni se quedó muy afectado al oír la respuesta de Precioso y al pensar en lo que había dicho y hecho, comprendió que se había portado muy mal con él.
-Lo siento mucho- se disculpó avergonzado bajando la cabeza-. Me he dejado llevar por el pánico al temer que perdieras la competición.
-Te comprendo y te perdono-le respondió-. Si quieres, aún podemos ganar. Ve a ver a Chang y sugiérele que podéis hacer otra competición en la que le ganador se lleve esta vez un premio de doscientas monedas de oro, el doble. Pero tienes que prometerme que serás bueno conmigo.
Bruni, lleno de admiración por la compasión de Precioso, concertó con el avaricioso Chang otra competición de tira y afloja. En esta ocasión Bruni apoyó mucho a Precioso. Le animó diciéndole: <<¡Venga precioso! ¡Puedes conseguirlo, mi fuerte y sabio buey!>>, y le acarició en el lomo para mostrarle su afecto y apoyo.
Precioso tiró de la cuerda con todas sus fuerzas, retrocediendo paso a paso y rugiendo de tanta fuerza que hacía. Poco a poco fue tirando cada vez más del agotado Amos hasta que le hizo cruzar la línea del vencedor. Bruni al verlo se puso a brincar de alegría y abrazó a su bondadoso buey.
-Gracias por hacer esto por mí. ¡Estoy orgulloso de ti! –exclamó mientras Chang se quedaba con el ceño fruncido, sorprendido de haber perdido.
Después de ir a recoger el dinero del premio, lo primero que Bruni hizo fue comprar una manta muy cara para que Precioso estuviera calentito por la noche. Aquel día al atardecer hicieron una gran fiesta para celebrar la buena suerte que habían tenido y el granjero le prometió solemnemente a Precioso no volver a maltratarlo nunca más.



Con demasiada frecuencia es fácil perder la paciencia y actuar con crueldad. Pero una persona sabia sabe que mostrar bondad y compasión es la forma más eficaz de sacar lo mejor de los demás.

viernes, 2 de enero de 2015

El espacio que rodea los pensamientos. Ajahn Sumedho.

El espacio que rodea los pensamientos.


Toma una frase sencilla como "yo soy", y trata de percibir y contemplar el espacio que rodea estas dos palabras. En vez de buscar otra cosa, mantén tu atención en el espacio que rodea estas palabras. Observa el proceso del pensamiento. Examínalo realmente, investígalo. En la actualidad, la mayoría de las veces no puedes observarte pensando, porque, en el momento en que te das cuenta de que estás pensando, el pensamiento se detiene. Empiezas a preocuparte: "Me pregunto si me va a pasar algo. ¿Y qué ocurre si me pasa algo?. ¡Oh!, estoy pensando", y el pensamiento se habrá detenido.

Para examinar el proceso del pensamiento, piensa deliberadamente en algo. Toma un pensamiento común como: "Yo soy un ser humano", y míralo. Si observas su inicio, verás que antes de decir "yo", hay un espacio vacío. Y si piensas: "Yo soy un ser humano", verás que también hay espacios entre las palabras. No estamos observando los pensamientos para ver si son inteligentes o estúpidos; estamos pensando deliberadamente para poder percibir el espacio que rodea cada pensamiento, y obtener con ello una forma de ser de la naturaleza transitoria del pensamiento.

Éste modo de investigar te permite percibir la vacuidad cuando en tu mente no hay ningún pensamiento. Intenta concentrarte en ese espacio; trata de concentrarte en él antes y después del pensamiento. ¿Durante cuanto tiempo eres capaz de hacerlo?. Antes de pensar "soy un ser humano", permanece en ese espacio que hay justo antes del pensamiento. Bueno, ¿es eso la atención?. Tu mente está vacía, pero también hay una intención de pensar en algo concreto. Formula el pensamiento y trata de permanecer en el espacio que hay al final del mismo. Tu mente, ¿permanece vacía?.


La mayor parte de nuestro sufrimiento viene de los pensamientos habituales. Si intentamos detenerlos impulsados por nuestra aversión hacia él, no lo conseguiremos por mucho que lo intentemos. Lo importante pues, no es liberarse del pensamiento, sino comprenderlo. Y para ello, en lugar de concentrarnos en los pensamientos, no concentramos en el espacio de la mente.

Los pensamientos de atracción o repulsión hacia los objetos suelen esclavizar nuestras mentes, pero el espacio que rodea esos pensamientos no es ni atractivo ni repulsivo. El espacio que rodea un pensamiento atractivo  no es distinto del que rodea un pensamiento repulsivo. Al concentrarnos en el espacio entre pensamientos, no nos atrapan tanto nuestras preferencias por ellos. Así pues, si descubres que un pensamiento de culpabilidad, de autocompadecimiento o de pasión, se repite en tu mente de un modo obsesivo, haz lo siguiente: piensa deliberadamente en él, tráelo a la mente en estado realmente consciente, y percibe el espacio que lo rodea.

Para concentrarte en el espacio, no necesitas ir a buscarlo a ningún lugar, porque el espacio está en todas partes. No es algo que vayas a encontrar en la habitación de al lado, en el armario o debajo de la alfombra; está aquí ahora mismo. De este modo, te abres a su presencia y empiezas a percibir que está aquí.

Si sigues interesándote en las cortinas o en la ventana o en la gente, no percibirás el espacio. No obstante, no es necesario que te deshagas de todas esas cosas para percibirlo, sólo tienes que abrirte a él, sólo tienes que advertirlo. En lugar de concentrar tu atención en alguna cosa, abres tu mente de par en par. No estás eligiendo un objeto condicionado, sino que estás atento al espacio en el que existen todos los objetos condicionados.

Sumedho, Ajahn, (1995)
Reflexiones en el camino de la meditación, Novelda, Dharma, 1998, p.146 a 148